Es una realidad el hecho de que organizaciones psicofísicas inferiores cuenten con una estructura biológica particular que, reduce en cierto modo la capacidad de goce de estas. Igualmente demostrable es, que en el polo opuesto existen otras que cuentan con un grado de desarrollo superior y que por tal motivo contienen una capacidad potencial de experimentar el goce en diferentes sentidos: intelectualmente, físicamente o a través de la profesión de una religión.
Esta capacidad que está presente en gran medida en el ser humano, como consecuencia de la complejidad de su sistema nervioso y de la relación cerebro/mente, lo posiciona en una situación de privilegio ante otras especies. Pero curiosamente observamos a diario como este privilegio latente no es aprovechado ni experimentado suficientemente.
Podemos esgrimir argumentos en favor de esto, por ejemplo decir que el desconocimiento de la existencia de susodicha capacidad es ignorado en muchos de nosotros o por otro lado, podemos afirmar que la existencia de ésta es activada en escasos momentos de nuestra vida bajo la especie de sensaciones que provienen del placer corporal o del arte. Lo cierto es que el goce implica necesariamente a la complejidad. Y esto es lo que defiendo. Imaginemos un filo como los anélidos cuya condición de invertebrados los sitúa en un escalón bajo del desarrollo. Y por otro lado, comparémoslo con el ser humano.
Esta capacidad que está presente en gran medida en el ser humano, como consecuencia de la complejidad de su sistema nervioso y de la relación cerebro/mente, lo posiciona en una situación de privilegio ante otras especies. Pero curiosamente observamos a diario como este privilegio latente no es aprovechado ni experimentado suficientemente.
Podemos esgrimir argumentos en favor de esto, por ejemplo decir que el desconocimiento de la existencia de susodicha capacidad es ignorado en muchos de nosotros o por otro lado, podemos afirmar que la existencia de ésta es activada en escasos momentos de nuestra vida bajo la especie de sensaciones que provienen del placer corporal o del arte. Lo cierto es que el goce implica necesariamente a la complejidad. Y esto es lo que defiendo. Imaginemos un filo como los anélidos cuya condición de invertebrados los sitúa en un escalón bajo del desarrollo. Y por otro lado, comparémoslo con el ser humano.
Es innegable que este último debido a su complejidad y a las intrincadas conexiones que tiene puede elevar su grado de satisfacción a niveles altamente superiores a los de la lombriz. Esto es: contiene dentro de sí lo complejo y se traduce en posibilidad de placer. Por desgracia este privilegio no se activa únicamente a través de los procesos naturales como nacer, crecer, alimentarse, desarrollarse y luego morir. Es necesario además un ejercicio de la facultad del “ser complejo”, una curiosidad por el mundo y por las idas y venidas del pensamiento. Para gozar más es necesario ser más complejo. Y aunque parezca una sentencia, rápidamente se puede comprobar si se compara la satisfacción que experimenta una persona que ha aprendido a ejecutar un instrumento con la de otro que observa como llueve a través de la ventana, o el placer intelectual que sobreviene luego de asistir al nacimiento de una idea con el de aquél que prefiere observar, escuchar y dormir. No es condición suficiente para experimentar tal placer ser un organismo dotado de una organización superior ad hoc, sino que además, es necesario convertirse cada día en una persona mas compleja, mas superior, a saber: una persona a la que para describirla se necesiten mas que sólo dos palabras.
JOSÉ AVILA.
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