lunes, 26 de julio de 2010

La indignación cotidiana y su expresión irracional

A menudo, se oye, por estos lares, a ciertas personas que se pronuncian respecto de la función que, para ellos, debería desempeñar el Estado. Muchos de ellos abogan por un Estado con una participación escasa o nula, mientras que los otros defienden la idea de un Estado activo y con un rol preponderante. Pero la denuncia que estas personas hacen, consiste en reclamar que el Estado se ocupe o se adjudique a si mismo la función y la tarea de incluir a determinados grupos a la participación social o por ejemplo de brindarle asistencia a clases vulnerables que solo cuentan con algunos de los recursos que aquellos denunciantes si tienen. Esto quizá no debería llamar la atención ya que uno imagina un sentimiento de amenaza o de temor que habita en algunas personas al brindársele cobertura e inclusión a otros grupos que, comienzan a partir de ese momento, a formar parte del sistema de consumo del que algunos privilegiados ya participan. Pero lo que si sorprende son los argumentos que se utilizan para defender abominables posturas.
Se escucha decir que el Estado está llevando a cabo gastos con el dinero del bolsillo de uno, o por ejemplo que las obras o planes que se pagan las estamos pagando todos. Hay que advertir que un Estado, no es una empresa. Pareciera que en determinadas personas ambos conceptos están fundidos el uno con el otro. Desde luego que el Estado debe asumir la tarea de hacerse cargo de determinadas cuestiones que afectan a los ciudadanos. La idea de Estado implica justamente eso.
Una empresa si decide despedir a un empleado lo hace, le paga una indemnización y el asunto está resuelto, es mas, si quisiera despedir a varias personas a la vez lo puede hacer también siguiendo el mismo procedimiento legal y contemplando los derechos inherentes al trabajador. Luego discutiremos si eso es ético o no. Pero en cambio el Estado no cuenta con tal poder, al menos no deseamos que así sea. El Estado no puede excluir a aquellos que no quiere, justamente los tiene que incluir, esa es su tarea, entre otras.
Tengamos cuidado con determinadas denuncias que se repiten ad nauseam y calan hondo en determinado sector de la sociedad (sin pretensión de hacer una división de clases, pero que llegan a su máxima expresión en la clase media-media alta), so pena de involucrarnos en un reclamo que es poco racional. Analicemos cual es el rol que debe desempeñar cada uno y sometamos a prueba, muchos argumentos que se admiten como verdaderos y que son susceptibles de contagio en la peluquería. Es entendible quizá, a estas alturas que aquellos reclamos inquieten a ciertas personas y hagan reaflorar hacia la superficie los sentimientos más viles, pero uno espera que con los años, la indignación burguesa junto con el sentimiento de egoísmo e individualismo, cedan y pierdan intensidad ante los acontecimientos que el mundo nos ha exhibido en los últimos tiempos. Para desgracia de muchos, nada de eso ocurre y estamos en presencia de una irracionalidad que conforma, que, nominalmente satisface a algunos.
Recordemos que más bien conviene dudar de aquello que uno sostiene. Probablemente sea lo primero de lo que tengamos que dudar. Yo propongo que por extensión dudemos de todo en una cierta medida. Uno bien puede estar equivocado. Cuando veo a alguien tan seguro y convencido de la opinión que el mismo ha construido, prefiero recordar que en la duda encontramos amigos, mas no en la certeza.
JOSÉ AVILA.

sábado, 24 de julio de 2010

El goce y la complejidad

Es una realidad el hecho de que organizaciones psicofísicas inferiores cuenten con una estructura biológica particular que, reduce en cierto modo la capacidad de goce de estas. Igualmente demostrable es, que en el polo opuesto existen otras que cuentan con un grado de desarrollo superior y que por tal motivo contienen una capacidad potencial de experimentar el goce en diferentes sentidos: intelectualmente, físicamente o a través de la profesión de una religión.
Esta capacidad que está presente en gran medida en el ser humano, como consecuencia de la complejidad de su sistema nervioso y de la relación cerebro/mente, lo posiciona en una situación de privilegio ante otras especies. Pero curiosamente observamos a diario como este privilegio latente no es aprovechado ni experimentado suficientemente.
Podemos esgrimir argumentos en favor de esto, por ejemplo decir que el desconocimiento de la existencia de susodicha capacidad es ignorado en muchos de nosotros o por otro lado, podemos afirmar que la existencia de ésta es activada en escasos momentos de nuestra vida bajo la especie de sensaciones que provienen del placer corporal o del arte. Lo cierto es que el goce implica necesariamente a la complejidad. Y esto es lo que defiendo. Imaginemos un filo como los anélidos cuya condición de invertebrados los sitúa en un escalón bajo del desarrollo. Y por otro lado, comparémoslo con el ser humano.
Es innegable que este último debido a su complejidad y a las intrincadas conexiones que tiene puede elevar su grado de satisfacción a niveles altamente superiores a los de la lombriz. Esto es: contiene dentro de sí lo complejo y se traduce en posibilidad de placer. Por desgracia este privilegio no se activa únicamente a través de los procesos naturales como nacer, crecer, alimentarse, desarrollarse y luego morir. Es necesario además un ejercicio de la facultad del “ser complejo”, una curiosidad por el mundo y por las idas y venidas del pensamiento. Para gozar más es necesario ser más complejo. Y aunque parezca una sentencia, rápidamente se puede comprobar si se compara la satisfacción que experimenta una persona que ha aprendido a ejecutar un instrumento con la de otro que observa como llueve a través de la ventana, o el placer intelectual que sobreviene luego de asistir al nacimiento de una idea con el de aquél que prefiere observar, escuchar y dormir. No es condición suficiente para experimentar tal placer ser un organismo dotado de una organización superior ad hoc, sino que además, es necesario convertirse cada día en una persona mas compleja, mas superior, a saber: una persona a la que para describirla se necesiten mas que sólo dos palabras.
JOSÉ AVILA.